La segunda entrega de la saga The Book of the Holt de Bradley P. Beaulieu entra más en harina que la anterior, afortunadamente, algo que se agradece, del mismo modo que se agradece y mucho el resumen que incorpora al principio de la lectura para situar al lector que pueda haber olvidado algunos detalles de la trama.
Me parece que Beaulieu es un escritor muy dotado para la prosa, pero creo que en sus últimas obras ha rebajado un poco el tono recargado que en ocasiones se atisbaba en libros anteriores, no sé si para facilitar la lectura al neófito en su obra o simplemente porque yo ya me he acostumbrado a ella. En todo caso, creo que es un paso en la buena dirección, porque bastante complejidad de personajes y de intrigas políticas tienen ya sus sagas como para añadirle búsquedas en el diccionario de palabras rebuscadas.
En A God of Countless Guises se descubre la causa de todo el enfrentamiento más o menos velado del que habíamos sido testigos antes. Y es que hay un Gran Juego en marcha, en el que los llamados dioses se enfrentaban para conseguir más poder o quién sabe si para ser dioses por derecho propio. Las distintas facciones que ya conocíamos continúan maniobrando para posicionarse en un tablero complejo e inestable. Como ya sabíamos, la política crea extraños compañeros de cama, y veremos por ejemplo como el hissing man se torna en aliado de una de los grupos de interés. Sin querer entrar en complejidades o en spoilers, tengo la impresión de que se empieza a aclarar el horizonte al que pretende guiarnos.
Además, las escenas de acción con cohortes de dragones volando por los cielos y enfrentándose en combate es la pieza que faltaba para que la novela funcionara de verdad. Reconozco que también puede haber influido la narración en audiolibro de Christopher Kent, ya que son nada más y nada menos que 17 horas con su dicción clara y precisa.
No todo son aciertos en la novela. Recurrir a los sueños vívidos para obtener información del pasado puede ser una ayuda puntual para hacer avanzar la trama, pero aquí se convierte en una muleta permanente. Algunos momentos de humor resultan casi chabacanos, muy alejado del tono general de la obra. Y el ritmo vuelve a ser bastante lento, aunque como he mencionado antes, la narración del audiolibro quizá sirve para soslayar este punto.
El caso es que no sé cómo lo hace, pero seguiré leyendo lo que publique Beaulieu, aunque solo sea para aprender a escribir bien su apellido sin tener que mirarlo cada vez.

