Richard Swam es un escritor al que hasta ahora solo había leído en fantasía y si bien su obra es pausada y reflexiva, no deja de ser atractiva. No tengo muy claro qué esperaba encontrarme con esta novela de ciencia ficción, pero lo cierto es que no me ha convencido en absoluto.
El estado al que se refiere el título es un gobierno totalitario interestelar que tiene subyugados a sus súbditos bajo un puño de hierro que ni siquiera hace uso del guante de seda para disimular. Las purgas son constantes y los ciudadanos viven inmersos en un estado de paranoia sin fin, sirviendo como ejemplo las listas de comidas permitidas semanales a las que se hacen referencia varias veces en el manuscrito. Swam podría utilizar este escenario para una crítica social incisiva, pero la verdad es que se queda en un ejercicio romo y poco sutil, con la delicadeza de una patada en los riñones con unas botas de puntera reforzada.
Los distintos puntos de vista que conforman la obra tienen un marcado contraste, pero no acaban de fundirse en un todo apetecible. Por un lado tenemos a una viuda de un importante miembro del partido único que recibe tanto dinero en herencia que no sabe qué hacer con él, por otro a un amargado inspector de las fuerzas de seguridad rebajado de nivel por polémicas anteriores que vive en el fondo de una botella y un piloto de carreras extranjero de algo parecido a la Fórmula 1. Esta variopinta amalgama de personajes destinados a encontrarse fracasan en todo momento al intentar despertar nuestra empatía (reconozco que el inspector sale mejor parado en esta comparación que los otros dos) pero es que además sus acciones transitan la fina línea entre la inocencia y la estupidez supina, decantándose en ocasiones por esta última.
Las intrigas políticas son el combustible del que se nutre la historia, donde seremos testigos ante todo de las luchas intestinas entre los distintos estamentos de poder. Las vidas humanas importan menos que las monedas que se apuestan en partidas de póker y hay tramas y subtramas para que los implicados consigan sus objetivos. Y, sin embargo, en ningún momento llegan a ser inmersivas, sabes que está pasando algo entre bambalinas pero te importan entre poco y nada.
El ritmo es también muy pausado, quizá debido al intento del autor de transmitir la sensación de estancamiento en una sociedad tan estratificada como la que nos presenta. Aunque intenta imbuir acción en el último tercio del libro, es demasiado tarde como para que remonte el vuelo. La novela ha sido una decepción.




